IRONÍAS DE LA VIDA, LA VOLUNTAD, EL DESTINO.
Con Raúl nos hicimos amigos andando en bicicleta, allá por el 2012, 2013. Nos cruzábamos en la ría, nos saludábamos y seguíamos rumbo, hasta que una tarde empezamos a pedalear juntos mientras conversábamos.
Nos conocimos unos años antes en La Nave, su kiosco, el que muchos recuerdan en estos días, donde muchos paraban a charlar, en la entrada de la galería Mecor: hablar de música, discos, recitales, revistas; de política y de cosas de la ciudad. Raúl –Pato– también sabía de plantas y de arquitectura, porque estudió en la escuela agropecuaria de Gregores y, aunque no se recibió, luego estudió un tiempo en la universidad de La Plata.
Una tarde de mediados de 2007 entré a La Nave y Pato me dijo: «te estaba esperando, sabía que ibas a venir». De abajo del mostrador sacó una revista que la familia de Báez había mandado a comprar en todos los kioscos: no había quedado ni una sola en toda la ciudad y él había guardado una para mí. Me dijo que una mujer estaba comprando todos los ejemplares; eso me sirvió para consultar en una quincena de otros kioscos del centro, donde comprobé que había pasado lo mismo. Era aquella revista Noticias en la que se los veía juntos, por primera vez, en la misma foto, a Lázaro junto a Néstor, en el jardín de la casa del matrimonio Kirchner en Calafate. Desde aquella vez comenzamos a hablar más, aunque la amistad vino unos años después.
Echo a andar estas palabras en el Día del amigo, un día que hoy es triste, tratando de usar las herramientas del oficio. Pero las palabras vienen duras, difíciles, cargadas con la densidad de estos días: el peso de su decisión. Y me dispongo a escribir porque ya quería hacerlo desde el día en que volví del cementerio, el miércoles a la mañana: ese día sentía una condensación muy fuerte dentro mío, un torbellino que estaba próxima a descargarse, a llover, y mi amigo fallecido cambió el guion con otra enorme ironía o guiño del destino, que también les quiero contar en el final de este escrito.
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COMO PAPÁ. Pato, Raúl, se llamaba como mi papá, quien murió hace muchos años, casi tres décadas, en 1997. Por cosas de la vida, otra ironía del destino, yo estaba peleado con él cuando falleció de manera repentina. Con apenas catorce años de edad, aquella pelea, mis últimas palabras hacia él en esa discusión, antes de cerrar la puerta de su casa, es algo que me pesó durante muchos –muchos– años. Hasta no hace tanto, no podía hablar de eso sin quebrarme. Y sé que es por aquello que, al día de hoy, me cuesta mucho y me hace muy mal estar peleado con personas que quiero mucho.
Sé identificar cuando eso que habita en mí sale a la superficie: esa emoción, ese sentimiento. Lo supe muy claro diez años atrás, cuando tuve una pelea y un quiebre con un hombre, también mayor que yo, con quien cultivamos cierto tipo de amistad en torno al trabajo.
Aunque parezca que con esta analogía estoy vinculando de manera directa a mi amigo fallecido con mi papá, sin embargo no es que yo considerara a Pato como mi padre, ni nada de ese orden. No es así. Sí, fue curioso que se llamara como él: otro Raúl en mi vida, con quien supimos ser buenos amigos.
Van pasando los años, transcurre la vida, y me observo repitiendo algo en lo que creo: estoy orgulloso y honrado de mis amigos. Tengo amigos de casi toda la vida y, a partir de cierta sabiduría compartida, hemos aprendido a cultivar la amistad con otros amigos que son, hoy, personas muy cercanas e importantes para mí.

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SU DECISIÓN. Además de que Raúl es el primer amigo que se me muere, él decidió morir y me lo había dicho, lo habíamos hablado, y yo no estuve cerca en los días previos al desenlace. Aprieto estas palabras, unas junto a las otras, para poder primero sintetizar el núcleo y luego explicarme.
No es fácil hablar de esto, pero es necesario a la luz de los hechos. No lo hago desde la culpa lisa y llana, menos desde la vanidad de la autorreferencialidad gratuita. Quisiera encontrar algunas palabras de lo que aún está en proceso dentro de nosotros, de quienes lo conocimos. Siento que necesito hacerlo y, de alguna manera, puede servirnos. Paso a comentarles.
Hace cosa de un año y medio, habrá sido a inicios del año pasado, mi amigo me habló, en una charla extensa y tranquila, de su idea de terminar con su vida. Me lo relató con detalle y hablamos mucho, como lo habíamos hecho antes y lo seguimos haciendo después: con Raúl hablamos con frecuencia de las angustias, del duelo, de las dificultades y de las cosas adversas de la vida. Y no eran charlas desgraciadas, de personas deprimidas. No. Eran charlas vitales, conversaciones en las que convivían estas angustias junto con cosas más felices y también llenas de sentido.
No viene al caso contar aquí la intimidad, sería irrespetuoso hacerlo, no es el punto. Sí, lamento no haber estado un poco más cerca y más presente en las últimas semanas, las que fueron el desenlace. Por cuestiones personales he estado muy abocado a otras cosas, otras preocupaciones, y en el último mes no le escribí ninguna de las veces en que pensé en él. La última vez que le hice una invitación, hace dos meses, él estuvo esquivo, aunque tampoco era atípico en él ser a veces esquivo. Por esta distancia de las últimas semanas, no tuve manera de registrar que estaba próximo a su decisión. Eso sí es algo que lamento en estos días: no haber estado un poco más cerca.
Sé que fui un buen amigo, él también lo fue conmigo. Compartimos cosas buenas, simples y nobles. Nos unía la bicicleta, las cosas de la ciudad, pedalear en los atardeceres, el rock, las revistas, el gusto por escuchar radio, juntarnos a comer. Muchas veces le hablé de viajar: por falta de tiempo y de plata no lo hicimos, aunque era algo que estaba próximo a suceder, más tarde o más temprano. Conociéndolo, yo no tenía dudas de que un viaje a El Chaltén, al Lago Roca, a Natales, lo llenaría de vida y de ganas de vivir. Confiaba en que le daría otra perspectiva, que le permitiría salir de cierto ensimismamiento.
En la radio no pude hablar de todo esto en estos días, no pude hablar de “la noticia” (un suicidio más en la ría). Sí lo hicieron mis compañeros, que me bancaron la ausencia un par de programas y les agradezco: preguntale a esa persona cómo estás, mandale un mensaje, visitalo, dijeron. De estas cosas hablaron en la radio.
El viernes a la tarde, en medio de una gran lluvia, con el muelle nublado y el río en pleamar, las hermanas de Raúl, que no viven aquí, nos invitaron a tirar sus cenizas a quienes quisiéramos acompañar. Fue una ceremonia triste, sentida y cargada de ironía. El mismo lugar donde pedaleamos y charlamos tantas veces, donde hablamos de los suicidios de otros. En esa ría que es acaso el espejo más acabado de nosotros en esta ciudad. Mal que nos pese, en esa ría se coge, se ríe, se contempla, se comparte, se ama; y también se muere.

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GIRO EN EL GUION. Yo había estado ahí el martes a la tarde, unas horas después de su decisión: fui hasta el muelle, solo y tranquilo, a despedir a mi amigo, sin saber que habría velorio y sepelio el día siguiente a la mañana. Cuando regresaba a casa el miércoles a media mañana, volviendo del cementerio, venía con la clara sensación de ponerle palabras a todo esto. Necesitaba hacerlo. Decenas de personas estaban diciendo lo suyo en estas redes, en esas horas. No sabía bien qué, pero sentía la necesidad de decir lo mío, con el espíritu noble de la experiencia humana compartida con otros.
Estaba a una cuadra de casa, dispuesto a ello, cuando me topé de frente, por primera vez en mi vida, con un primo hermano de mi papá Raúl, quien se fue de Gallegos hace casi veinte años.
En vez de escribir en este teclado sobre mi amigo, de un momento a otro estábamos Marcos Doolan, primo de papá, y yo, hablando de la vida y de la historia familiar, en torno de esta misma mesa donde hoy, varios días después y en el Día del amigo, finalmente escribo sobre mi amigo fallecido.
No vienen al caso los detalles, pero el encuentro con el primo Doolan es muy significativo y habitaba en mí desde hacía varios años. En el horario en que Marcos Doolan pasó por afuera de mi casa el último miércoles por la mañana yo debía estar en la radio, trabajando, si no fuera porque estaba volviendo de despedir a mi amigo en el cementerio.
Cuando Marcos se fue pasado el mediodía del miércoles, miré hacia el cielo y le agradecí a mi amigo Raúl.

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POSDATA: me gusta escribir, trato de hacerlo bien, con dedicación y esmero cuando lo hago. Hace mucho no lo hacía. Hoy las palabras salen como pueden, aún con algún intento de corrección y reescritura, las palabras están difíciles. Pese a no ser todo lo claro que quisiera, prefiero compartir estas palabras a no hacerlo. La moraleja es evidente: tratemos de estar cerca de las personas que queremos. Y sigamos haciendo que la vida valga la pena.



































