Caminarte Buenos Aires invisible

Caminarte ciudad de tábanos gigantes que aceleran zumbones en todas las horas, en todas las arterias, casi rozándoles los hombros a la gente sobre el cordón de la vereda, tantos pero tantos frenando al límite en el rojo donde decenas de cascos se lanzan primeros, se lanzan kamikazes en dos ruedas apenas cambia al color verde. Kamikazes y tábanos y autos taxis peatones y el ruido, mucho ruido y no te quedes distraído paso en falso en medio de la calle.

Caminarte ansioso, acelerado, tranquilo, observante, alegre. Caminarte flaquita hermosa con vestido de verano, elegante, femenina, linda, festival de mujeres lindas. Caminarte con el maps en la pantalla para no perderme.

Los ruidos superpuestos los tábanos los kamikazes y las personas durmiendo, tiradas entre la gente, otros revolviendo la basura, ganándose el mango con medias barbijos pañuelitos encendedores sahumerios lo que sea, entre pavimento y hormigón, olores y calor y un negocio de alguna comida o un café confitería cada treinta pasos y siempre hay gente, siempre hay gente mucha gente y también gente sola, ese señor mayor tomándose un helado, esa señora siempre la misma señora sentada en un banco de Congreso sola siempre sola, excepto un día que charlaba con otra señora sola sentada en el banco de enfrente.

Qué desmesura, enorme desmesura, todo es mucho es grande es más de lo que mis ojos pueden ver y los oídos escuchar y la mente entender. Cuánta belleza y desmesura, porque también es bella grandilocuente desmesurada. Y ese señor sin dientes fumador empedernido que le juega a los caballos todos los días afuera de una lotería al lado de la heladería y yo prejuicioso, que solo veía un hombre con todos los años y todos los vicios y pasaron dos gemelitos con sus padres jóvenes y el viejo jugador de caballos pelos despeinados y pocos dientes marrones los miró y les sonrió y le comentó al de al lado, y esa mirada fue tierna fue amorosa, mirada de padre mirada de abuelo con su risa verdadera de pocos dientes amarillos.

Y cuánta incertidumbre la puta madre y cuántas cosas por resolver y ojalá que todo salga bien. Y yo solo caminando esta ciudad, solo otra vez solo. Y las cosas se van a acomodar me digo. Y a dónde voy tan rápido si nadie me corre puta ansiedad me pica la pierna sarpullidas las piernas. Y yo también me vuelvo uno más también indiferente a ese pibe que tiene un bolso y su cartel dice que fue desalojado y lo veo limpio bien vestido y parece ser cierto que acaba de quedarse en la calle y sin embargo paso de largo. Entiendo pero paso de largo como decenas de otros centenares de otros miles decenas de miles de otros que no pueden detenerse a cada paso ante cada mendigo ante cada necesidad ante cada adicto, hombre solo, mujer sola con sus hijos, familias enteras con sus hijos debajo de los teatros de Avenida Corrientes, por decir una calle, aunque son miles de calles y es así en muchas cuadras todo el tiempo.

Carros y cartones de pibes flaquísimos en cuero cuerpos y pelos morochos tracción a sangre y músculos tracción a pedales decenas de pibes y pibas en general más blancos y algunos más grandes llevando remedios comidas lo que sea rappi glovo pedidos ya en el celular mientras abajo la ciudad vive y también se mueve en los subterráneos.

Acaso es una pavada pensar que en estas calles que tan poco conozco que paso por primera vez en estas calles caminaron y vivieron ellos, Luis el Flaco, aquí vivió Gardel dice el cartel, ahí cayó muerto Palo Pandolfo en plena calle hace pocos meses. Y cómo no va a ser así si esto es buenos aires y son millones y atiende dios, millones que la transitan y la viven para después subirse a esos enormes edificios en ascensores y escaleras porque ahí viven, naturalizamos esos enormes edificios como si tal cosa, dios mío esas sombras, qué sombras cuando cae la tarde y el sol se esconde y esas enormes sombras entre edificios también enormes arman pasillos de laberintos de paredes altísimas en avenidas enteras, en calles angostas.

Nada tiene de invisible esta ciudad absoluta, absolutamente visible excepto lo que elegimos preferimos decidimos olvidamos ver, queremos no ver.

Y está la música, por suerte la música me acompaña y yo te pienso. Invisible es lo que la mente dispara, el alma y el corazón viven, cuando caminamos la ciudad.

*

Nota: en estas semanas, allí en Buenos Aires, leí Las ciudades invisibles, un libro fantástico, extraordinario, imaginativo del italiano Ítalo Calvino; allí me quedó dando vueltas el asunto de lo invisible de un modo bastante subjetivo. ¿Qué no lo es?

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