“¡Con asesinos no nos acostamos!”

Vale la pena dejar algunos apuntes en esta bitácora: hoy cumpliría 95 años Osvaldo Bayer, quien vive en su obra y en las causas que defendió a lo largo de su vida. Aunque murió hace poco más de tres años, en diciembre de 2018, don Osvaldo late fuerte. Ayer nomás se cumplieron 100 años del episodio de las putas de San Julián, que se negaron a recibir a los soldados fusiladores en La Catalana; hecho revelado por él en el libro 2 de La Patagonia Rebelde.

Como dice el amigo Luis Milton Ibarra Philemon, la memoria es rebelde. Así debe ser ante las injusticias.

*

Les dejo aquí el posteo que subimos desde la Comisión por la Memoria de las Huelgas de 1920-1921 de Río Gallegos:

Ocurrió el 17 de febrero de 1922, cuando gran parte de los fusilamientos del Ejército argentino ya habían sido consumados durante el gobierno del radical Hipólito Yrigoyen, con la participación activa y necesaria de la Sociedad Rural y de la Liga Patriótica locales, claros representantes de la oligarquía. Este breve y significativo episodio de las huelgas rurales fue revelado por Osvaldo Bayer en el capítulo “La inesperada derrota de los vencedores”, en el Tomo II de La Patagonia Rebelde, titulado La Masacre. En sus últimos años de vida, Osvaldo divulgó el hecho a través de la obra de teatro Las Putas de San Julián, una versión libre del dramaturgo Rubén Mosquera. A 100 años de este hecho tan significativo, compartimos el capítulo completo de esta historia que debemos seguir divulgando:

LA INESPERADA DERROTA DE LOS VENCEDORES

«Premiamos el triunfo de la virtud de los soldados argentinos.»

MANUEL CARLÉS, al entregar medallas a los soldados expedicionarios a la Patagonia.

HABÍA LLEGADO el momento del descanso para los soldados. Luego de tanta tensión venían las ganas de no hacer nada, venían las ganas del sexo.

Fusilar había sido oficio agotador y por más que salió bastante bien y no costó mucho, resultó –al paso de los días– un recuerdo desagradable. Quien más quien menos se acobardaba de la cara de miedo de los chilotes al morir, de la cara de rabia de los gallegos, de las muecas trágicamente irónicas de los anarquistas alemanes, rusos y polacos cuando estaban frente a los pelotones de soldados argentinos.

Pero ya había pasado todo y ahora los soldados estaban en los puertos de la costa esperando los barcos que los volverían a Buenos Aires. El teniente coronel Varela les había aflojado un poco la disciplina. Buen tipo este Varela. Nada sonso. En pocos días les quebró el pescuezo a las columnas huelguistas, las copó y les dio la gran paliza. No le tembló la mano en ningún momento ni se ablandó ante la mirada de carneros degollados de los chilotes. Y no había permitido que a ninguno de sus soldados se le aflojaran las piernas. Los levantaba en peso con cuatro gritos. Eso era bastante para que el que empezaba flojo fuera después el mejor fusilador.

Después que se acabó todo, Varela había tenido gestos verdaderamente paternales con sus soldados. Por ejemplo esto, al llegar a los puertos, permitirles ir a los prostíbulos para que se sacaran el gusto y lo acumulado entre tanto macho. Desde que habían salido a cazar chilotes y anarquistas no vieron una sola mujer, ni siquiera una chilena.

Todo este episodio histórico  –el más cruel de nuestra historia en los primeros setenta años de este siglo– tiene la característica de una barrabasada, que siempre terminan por cometer los hombres cuando están mucho tiempo entre ellos, cuando se los deja solos y sienten la necesidad de demostrar que son duros, fuertes, machos. Fueron fusilamientos en seco, en frío. Fusilamientos en silencio. De haber pájaros, se hubieran escuchado sus trinos, entre descarga y descarga. Pero nada, ni el alarido ni el llanto de una mujer. Hasta los chilotes con su cara de asustados se las aguantaban. No hubo súplicas ni perdones. Fue una cosa entre hombres.

Pero ahora era otra cosa, en las ciudades había mujeres y todo cambiaba. Los duros muchachotes de uniforme se ponían blandos y les agarraba la risita cuando veían pasar a una mujer.

Se reunió a los soldados, se les hizo poner en posición de descanso y se les explicó que iban a ir al prostíbulo en tandas. Un suboficial, con términos bien claros para que entendieran todos, dio detalles de cómo se debe hacer uso de una prostituta y no contagiarse una gonorrea o un chancro.

Las cosas se organizaron bien: previamente se mandó decir a las dueñas de los prostíbulos que a tal hora iba a ir la primera tanda de soldados para que tuvieran listas a las pupilas. En San Julián se avisó a Paulina Rovira, dueña de la casa de tolerancia «La Catalana».

Pero cuando la primera tanda de soldados se acercó al prostíbulo, doña Paulina Rovira salió presurosa a la calle y conversó con el suboficial. El suboficial les vendrá a explicar: algo insólito, las cinco putas del quilombo se niegan. Y la dueña explica que no las puede obligar. El suboficial y los conscriptos lo toman como un insulto, una agachada para con los uniformes de la Patria. Además, la verdad es que andan alzados. Conversan entre ellos y se animan. Todos, en patota, tratan de meterse en el lupanar. Pero ahí salen las cinco pupilas con escobas y palos y los enfrentan al grito de «¡asesinos! ¡porquerías!», «con asesinos no nos acostamos».

La palabra asesinos deja helados a los soldados que aunque hacen gestos de sacar la charrasca, retroceden ante la decisión del mujererío, que reparte palos como enloquecido. El alboroto es grande. Los soldados pierden la batalla y se quedan en la vereda de enfrente. Las pupilas desde la puerta de entrada no les mezquinan insultos. Además de «asesinos y porquerías» les dicen «cabrones malparidos» y –según el posterior protocolo policial– también otros insultos obscenos propios de mujerzuelas.

La cosa no da para más. El insulto de asesinos les ha quitado a los curtidos soldados la gana de todo. La picazón en las ingles se ha convertido en un amargo sabor en la boca. Ya no tienen ganas de nada sino de emborracharse, de pura rabia.

Pero esto no quedará así. Interviene el comisario de San Julián y hará arrear a las desorejadas hasta la comisaría. Las cinco rameras son llevadas por los agentes entre las sonrisas burlonas de los hombres y el desprecio de las mujeres honestas del pueblo. También se llevan a los tres músicos del prostíbulo: Hipólito Arregui, Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, que son dejados de inmediato en libertad al llegar a la comisaría porque declaran solícitos que reprueban la actitud de las pupilas. Además, son músicos que siempre prestan sus servicios gratuitos en las fechas patrias.

A las meretrices las meterán en un calabozo. El comisario tiene aquí una grave responsabilidad. Dentro de todo se ha insultado al uniforme de la patria y se ha tomado partido por los huelguistas. Por eso resuelve ir a pedir consejo al teniente 1° David S. Aguirre, a cargo de la guarnición militar. Este militar no quiere ningún escándalo, no quiere que la cosa pase a mayores. Total, en resumidas cuentas, se trata solamente de la opinión de cinco putas.

Una paciente investigación nos ha llevado a conocer el nombre de estas cinco mujeres o, mejor dicho, de estas cinco mujerzuelas. Los únicos seres que tuvieron la valentía de calificar de asesinos a los autores de la matanza de obreros más sangrienta de nuestra historia. He aquí sus nombres, tal vez los mencionaremos como un pequeño homenaje o no digamos homenaje, digamos recuerdo de las cinco mujeres que tuvieron ese gesto de rebelión.

Lo diremos con la filiación policial tal cual aparecieron en los amarillos papeles del archivo: Consuelo García, 29 años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo «La Catalana»; Ángela Fortunato, 31 años, argentina, casada, modista, pupila del prostíbulo; Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo; María Juliache, espñola, 28 años, soltera, 7 años de residencia en el país, pupila del prostíbulo, y Maud Foster, inglesa, 31 años, soltera, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo.

Jamás creció una flor en las tumbas masivas de los fusilados; sólo piedra, mata negra y eterno viento patagónico. Están tapados por el silencio de todos, por el miedo de todos. Sólo encontramos esta flor, este gesto, esta reacción de las pupilas del prostíbulo «La Catalana», el 17 de febrero de 1922. El único homenaje a tantos obreros fusilados.

Fotografía de Maud Foster, del archivo de nuestro compañero Luis Milton Ibarra Philemon, fundador de la Comisión por la Memoria de las Huelgas de 1921 de El Calafate.

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