Martín

Un año atrás, también en enero, moría Gabriel Ruíz Díaz, el hermano de Fernando, la gran dupla hacedora de Catupecu Machu, una muy buena banda de rock a pesar de sus éxitos y sus hits. Hoy se fue Martín Carrizo, otro músico notable y singular del rock de estas tierras.

Por más previsible o esperable, no por eso la muerte nos resulta menos dolorosa. Sí, acaso, son muertes más fáciles de comprender, pero no menos tristes.

El gran bajista y productor de Catupecu sobrevivió angustiosamente a un terrible incidente de tránsito ocurrido a mediados de 2006. Martín Carrizo le peleó a la ELA (esclerosis lateral amiotrófica) en los últimos cinco años y hasta sus últimos días, como él mismo dio testimonio días atrás en un mensaje publicado en sus redes sociales.

Vale el reparo de decir que hoy –en estos días, en actuales circunstancias personales– hay palabras que vienen como pueden, pero aun así vamos a intentarlo (abro el paraguas). Acaso siento más aquello de que, una partida que sentimos cercana, nos enfrenta al fin de cuentas a la certeza de la finitud, al hecho de que el tiempo pasa para todos, también para nosotros.

Ya no somos los pibes y pibas que el 29 de noviembre de 1996 cantamos, saltamos y pogueamos en el primer recital de A.N.I.M.A.L en Río Gallegos, primera y única vez que Martín Carrizo tocó sus parches en nuestra ciudad. Tampoco somos los pibes que en octubre de 2000 vimos el verdadero debut en vivo de Cuentos decapitados, el disco que meses después llevaría a la masividad a Catupecu Machu. No sé si acaso importa no ser ya esos jóvenes, pasa que, les decía, las palabras vienen cruzadas porque ciertas ideas y emociones están algo entreveradas en este tiempo.

Subjetividad le llamamos. Como sea.

La asociación de una y otra muerte vienen a mí porque, con la partida de Gaby, había una anécdota, una historia musical-rockera riogalleguense para contar, que compartí aquella vez. Aunque menos original, con Martín Carrizo también la hay. Y el punto al fin de cuentas no es la anécdota en sí, sino que tiene que ver con un momento vivido por muchos de nosotros.

El recital de noviembre de 1996, el primero de una seguidilla de tres en aquel tiempo, fue el único show de A.N.I.M.A.L que lo tuvo a Martín Carrizo en la batería. A.N.I.M.A.L venía en pleno ascenso, era la banda más vital y reveladora del nuevo metal pesado de los ’90. Un auténtico power trío argentino que se proyectaba en Latinoamérica.

Con El nuevo camino del hombre editado hacía unos meses, la banda de Andrés Giménez, Marcelo Corvalán y Martín Carrizo hizo su debut en la ciudad con un show gratuito en el gimnasio del colegio República de Guatemala, sobre la costanera. En realidad, el costo de la entrada consistía en un alimento no perecedero, que en aquellos años comprábamos con una moneda o, a lo sumo, un billete de uno o dos pesos.

Y entonces llegó el día, se hizo la tarde, la gente se empezó a juntar afuera del gimnasio mientras la banda hacía la prueba de sonido y muchos nos emocionamos al ver los vidrios partirse y estallar cuando sonó la guitarra distorsionada y poderosa de Andrés Giménez.

Cuando empezó a sonar Solo por ser indios, el tema que abrió el recital, las piernas se me doblaron de tal manera que pensé que me iba al suelo. Pasado ese shock emocional adolescente, no recuerdo haber dado otros saltos tan ágiles, enérgicos y livianos en toda mi vida.

Quienes allí estuvieron podrán dar fe de lo que digo: aquel concierto fue de los mejores recitales de heavy metal en la historia de la ciudad. En una década, la del 90, que se caracterizó por la abundancia de recitales metaleros.

Un rasgo entonces era que Martín Carrizo interactuaba de manera diferente en relación a cómo lo hacían Giménez y Corvata. Menos dado, más distante, Martín no tenía las formas de un heavy ni de un rocker. Eran años en los que si no eras ‘un duro’ entonces eras un careta. No había medias tintas. ‘Baila la hinchada baila, baila de corazón, somos los negros, somos los grasas, pero conchetos no’, era el himno de Hermética que en aquellos años cantamos en los recitales de Malón, una de las dos bandas herederas de la H (Hermética nunca llegó a tocar en Gallegos).

Signos de época. También pecados de juventud.

Los años pasaron y Martín Carrizo se fue de A.N.I.M.A.L en los que fueron, mirando hacia atrás, los mejores años de la banda. Los dos discos que grabó (Fin de un mundo enfermo y El nuevo camino del hombre) son los mejores de la banda; y la altísima calidad y el estilo de percusión ya eran entonces un sello que lo distinguía.

En los años que siguieron dejó muy en claro que no, que no era un rocker ni un heavy. Era mucho más; varias otras cosas.

Desarrolló su gran cabeza sonora y musical en su propio estudio de grabación, en su tarea de drum doctor, donde la gente que lo conoció –entre ellos, mi hermano Lucas tuvo la suerte– hablan de su calidez y generosidad, además de su profesionalismo. Y como baterista, pueden decirlo mejor los más fieles seguidores de las carreras de Gustavo Cerati y el Indio Solari en sus etapas solistas. Se dio el lujo de tocar con ambos luego de haberlo proyectado en su cabeza de manera vívida desde muy pibe, como él lo dejó registrado en varias entrevistas.

Como les decía, estas palabras salen como pueden, pero tenía ganas (acaso necesidad) de compartirlas. Los últimos años de Martín fueron de un padecimiento terrible. Una enfermedad de una crueldad casi sin parangón. Una de esas afecciones en el cuerpo que, uf, tocamos madera.

Aunque a esta altura del día suena a verdad de Perogrullo por todo lo que se dijo y escribió al respecto, la manera en la que Martín Carrizo enfrentó su padecimiento, su manera amorosa y sus enormes ganas de vivir, son acaso una lección de la que tratar de aprender algo cuando nos miramos en el propio espejo.

A manera de posdata, Puente de Gustavo Cerati, esa canción preciosa, acaso emblema y revalorizada con el paso de los años, cuyo inicio tiene una sonoridad sublime, ‘Cruza el amor por el puente, usa el amor como un puente’, lo tiene a Martín junto a Gustavo tocando esa percusión que se expande.

(La imagen es del videoclip, allí están ambos)

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