Una experiencia memorable

La gente rió dos o tres veces en los primeros minutos pero lo que teníamos delante de nosotros no era una comedia. Fue pasando el tiempo y a medida que transcurría la trama el aliento se cortaba en el ambiente.

Expectante y por momentos tenso, apenas pude dibujar una mueca debajo del barbijo un par de veces. La chica que estaba al lado mío hizo un No, no, no, no grande con la cabeza llevando el torso hacia atrás en la mitad de la obra. La señora de pelo blanco y corto debajo de mí se llevó la mano a la boca sin emitir palabra, y otro No, no, no cuando el hombre solo y desahuciado, casi desmaterializado en el suelo de ese cuarto de hotel, le dijo al amante invisible que lo había abandonado: ¿No vas a venir?

Luego de vivenciar El mar en la noche, una obra notable con una actuación memorable de Luis Machín, hice lo que suelo hacer después de ver una película que llama mi atención: ir en auxilio de mejores palabras, también para entender mejor.

“’Este dolor me pertenece’. El hombre, en la soledad de la escena, acurrucado, casi ovillado en un sillón, reclama la propiedad de la herida. Es alguien que acaba de ser abandonado. Alguien que está transitando las primeras certezas del final de un amor. Lo dejaron. Un joven amante lo excluyó de su vida y él, no puede con su alma. El hombre está interpretado por Luis Machín y el actor realiza una composición extraordinaria”, escribió a mediados de 2017 la crítica Sandra Commisso en Clarín, cuando se estrenó. Suscribo, pensé cuando lo leí.

El criterio para elegir esta pieza en esta gran ciudad fue elemental: proximidad, apenas seis cuadras nos separan de El Picadero, preciosa sala ubicada en un pasaje a media cuadra de Avenida Corrientes. Y por el actor, claro.

Sin ser cinéfilo ni mucho menos, siempre aprecié las actuaciones de Luis Machín: aquel padrastro miserable, borracho y jugador al que Julio Chávez le pone los puntos en Un oso rojo; el profesor de letras asesino en el capítulo debut de Hermanos y Detectives (una gran serie de Damián Szifrón, aunque no tan popular como Los Simuladores); menos taquillera todavía, Machín me quedó grabado en el capítulo de Todos contra Juan en que hace de un actor que se prepara para interpretar el papel de niño, con el loser tierno y desafortunado que encarna Gastón Pauls. Más acá en el tiempo, el actor representa al mismísimo Mal en El lobista casi sin emitir palabras; por nombrar apenas los papeles que vienen primero a la memoria.

Pero el teatro es otra cosa. Ese aquí y ahora de la representación ficcional. Leyendo una entrevista a propósito de esta obra, el actor cuenta que la preparó durante dos años. Un aspecto bien curioso e interesante es que, en la media hora que demoramos en acomodarnos en nuestras butacas, el personaje triste y miserable que Machín representa ya está sentado en ese sillón solitario que es toda la escenografía. En los 55 minutos en que transcurre el monólogo, hará sólo dos deslizamientos lentos y progresivos con su cuerpo y un ademán con cada mano. El resto serán solo palabras: un relato monocorde pero poderoso que hace y deshace imágenes, escenas y recuerdos, hasta la pretensión de desmaterializarse allí mismo.

“Durante los ensayos no lo pensamos así. Empezamos con más despliegue en el escenario con una energía hacia afuera, que permitía más histrionismo. Pero de a poco nos dimos cuenta de que el texto imponía otro ritmo, otra temperatura, que iba resonando en mi cabeza a medida que lo estudiaba. Es muy complejo. La monotonía al decirlo genera una música. Fui dejando que el texto haga lo suyo en el cuerpo. Lo que decía hacía mella en el alma del personaje”, cuenta el actor.

Dice Machín en una entrevista que se ha cruzado con gente profundamente impactada luego de ver la obra. Con Walter también la re flasheamos, y la obra todavía me anda dando vueltas.

Las experiencias nos habitan, se alojan en nosotros y hacen su recorrido subjetivo y misterioso. Pese a ser el teatro una experiencia intransferible, vayan estas palabras a modo de convite si alguna vez se encuentran con El mar de noche.

(Buscando información supe que el texto es de Santiago Loza y está inspirado en De Profundis, de Oscar Wilde, y en Muerte en Venecia de Thomas Mann; y está dirigida por Guillermo Cacace)

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