A falta de mejores palabras

Iba pedaleando a la altura de los tanques de YPF, cuando vi a un hombre viejo de saco y pantalón de vestir.

Era él.

El viejo al que cruzo siempre, a quien todavía no le hablé, y que hace quince días llevaba libros abajo del brazo en dirección a la feria del galpón costero.

Pensé en papá. Se me cruzó esa idea: ¿y si es papá?

¿Cómo sería de viejito papá hoy? ¿Estaría así de solo y encorvado?

El viejo me miró. Ya lo había hecho otras veces. Me costó reconocerlo porque iba pedaleando con viento y sol en contra.

De saco y pantalón de vestir. ¿Festejaría el día del padre?

***

Aunque podría parecer o incluso ser una trampa para llenar caracteres porque el reloj me corre y el taller empieza en una hora, hay una razón para traer a cuento este breve texto de mediados de 2013.

En esa época, 2012, 2013, en que la bicicleta me salvó, había empezado primero a caminar en la zona del río frente al cual nació mi ciudad, Río Gallegos, capital de Santa Cruz. Unos meses después fue que compré la bicicleta, con los ahorros disponibles de un enero. Caminar era en ocasiones más incierto, más angustioso, pero de allí nacieron las primeras ideas que luego se convirtieron en bocetos, en escritos. Si bien la bici fue ya mucho más placentera –descubridora, aventurera– algunas ideas, ráfagas, imágenes, nacieron también de esas primeras tardes y noches a pedales.

Entonces me animé a compartir esos primeros textos en Facebook, a ver qué pasaba. Sabemos que escribir y publicar es exponerse. Y más lo es si lo que se publica tiene que ver con lo que podríamos llamar nuestro mundo interior.

En paralelo a aquel tiempo de pedales y soledad comencé a leer más, bastante más. Me encantaría poder decir que desde niño fui un lector voraz, atento, curioso; o que escribía en el diario de la escuela, o en un diario íntimo de muy pequeño.

Pero no.

Recién empecé a leer, diría, cuando comencé la carrera de Comunicación Social en la universidad de mi ciudad, a los 17 años. Esa demora, esa tardanza, esto de no haber sido un lector precoz suelo sentirlo como un hueco imposible de llenar. Siempre hay un agujero: un clásico que jamás leí, un autor de quien apenas sé el nombre. Incluso de libros o autores que podrían ser obvios para un periodista-lector promedio.

En aquellos años que refería al inicio, hace una década atrás, empecé a leer más literatura y bastante más de periodismo narrativo: periodismo literario, periodismo bien escrito. Diarios y revistas venía leyendo hacía una década y media, con fruición, con placer. No así periodismo de más alto vuelo de escritura.

Aún así pasaron diez años y acá estoy sin haber leído lo suficiente para llenar aquello que siento como huecos enormes. “Los suicidas del fin del mundo” por ejemplo, lo leí recién este último verano. Esa primera crónica narrativa de Leila Guerriero, publicada hace quince años, habla de un pueblo de mi provincia.

A propósito de la ola de suicidios adolescentes en el pueblo petrolero de Las Heras, recuerdo que allá por 2007 entrevistamos a Guerriero en el programa de radio de actualidad en el que entonces trabajaba. Mirado de manera retrospectiva… qué manera de no estar a la altura de la entrevistada.

Aquellos años de oficio periodístico fueron en radio, luego de terminar la carrera en la universidad (terminé de cursar en 2004, me recibí en 2009). En realidad casi todos mis años de oficio fueron en radio: una década para ser exactos; y luego recién vino el ejercicio profesional de la escritura, aunque en nada relacionada con la crónica narrativa.

Es curioso, pero la semana pasada terminé el taller de Periodismo y Redes Sociales dictado en este mismo ámbito, y empecé a entender y a mirar sin tanto prejuicio que uno de los nuevos perfiles de un periodista, de un comunicador, puede ser el de community manager. No digo que lo tenga asumido, pero puedo comprenderlo mejor: hasta hace un mes pensaba que todos los periodistas del mundo nos vamos a quedar sin trabajo en poco tiempo.

Hace dos décadas, cuando comencé a estudiar periodismo, usábamos cámaras fotográficas con diskette provistas por la universidad. Y para hacer trabajos prácticos impresos sacaba turno para usar la computadora con internet en la biblioteca. Recuerdo incluso que mis trabajos de Comunicación Gráfica y Taller me los dejaban hacer a mano, en hoja tamaño oficio, con tinta azul, corregida en corrector blanco.

Aquellos años de universidad, enormemente dificultosos para mí en materias vinculadas a la escritura, fueron además años de formación en los géneros clásicos del periodismo informativo: las 5 doble ve, pirámide invertida y, con mucha suerte, nota interpretativa.

Mi nombre es Leandro (…) y esta será la primera vez que tome un curso de periodismo escrito desde mis años de universidad. La narración necesita de tiempo, entre otras cosas. Tiempo, relectura, corrección, reescritura. Supe de este taller la semana pasada y recién pude inscribirme antenoche. Vi que debía presentar este escrito, que pude hacer en el rato libre previo a la primera clase. No es la mejor manera de presentarse (…)

***

El escrito es un trabajo práctico (una breve bio de presentación) de un taller que luego abandoné hace unos tres meses. Casi lo último propio que pude bocetar antes de que se me atravesaran las contradicciones político-ideológicas en el centro de mi ser, que me dificultan la lectura y la escritura hace ya un tiempo. Hay contradicciones que son más complicadas que otras.

Las fotos de la ría con puesta del sol, en esta ciudad, garpan. El motivo por el que ilustra este posteo, en realidad, es que data de la época a la que refiere el inicio del texto, 2013; año en que también hacía algunas fotos con una camarita digital.

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