Los Justos

HOY ME LLEGÓ EL TURNO DE LA VACUNACIÓN, por fin, y también me atravesaron pensamientos, emociones, rostros y nombres, como les debe haber pasado a quienes leen estas palabras y ya fueron vacunados. Como tantos, estuve cerca de hacer mi publicación desde esa última sala en la que se deben aguardar quince minutos luego de recibir el pinchazo. Pero no lo hice.

El mensaje era –es– de agradecimiento y gratitud. ‘Gracias totales’, un tanto obvio pero sentido, pensé escribir junto a la imagen que acompaña ahora estas palabras. Pero no. Me quedé sentado junto a otras cincuenta personas que hacían en su mayoría un silencio que percibí singular como el mío. Qué los atraviesa en esta instancia, pensé.

Es siempre curiosa la manera en que nuestra mente asocia y se dispara, y viene a nosotros una cara, un nombre, un recuerdo. Cuando ingresé al Complejo Cultural Santa Cruz recordé que la última vez que había estado en esas salas había sido en la Feria del Libro de 2018. Luego recordé que no, que este último verano, en pleno enero, había estado en la Biblioteca Pública Provincial, en el otro extremo de ese enorme edificio. Ese día me acerqué a llevar varias decenas de libros a una biblioteca que estaba en pleno trabajo de reorganización, que me pareció admirable, y además de libros también hablamos del covid, como no podía ser de otra manera.

Hablamos del primer año de esta pandemia. El rasgo diferente de ese día fue que desde la ventana superior de la oficina en la que nos encontrábamos se veía uno de los laterales del Hospital Regional. Pensar que acá en frente nomás pasa todo lo más difícil de este virus, pensamos en voz alta. Sí. Yo todos los días miro y pienso…, me respondió la mujer que trabajaba a destajo tratando de reorganizar cientos (miles) de libros.

Esa fue la última vez, hace no tanto tiempo. Hubo un instante del tránsito en esos salones (el que pasa del primero al segundo, ingresando por José Ingenieros) que me quedó grabado como una fotografía. Con un orden notable, pocas veces visto, siguiendo cada instrucción, tuve en frente a una veintena de hombres y mujeres vestidos de azul, bien distribuidos, atentos, organizados. Personas a quienes no pudimos verles más que una porción de sus rostros.

Ese momento, esa fotografía, fue lo que me resultó impactante: podría haber sido una película de ciencia ficción, una escena distópica, ahí parado junto a esas personas mirándonos llegar en fila india y manteniendo la distancia. ¿Cuál es nuestro gesto, el de los caminantes, qué dicen nuestras caras en ese momento acaso solo equiparable a nuestro primer día de escuela o de jardín de infantes?

Esa imagen de ficción, esa escena del orden de los sueños, es la que me hizo conectar con la emoción y no ya sólo con el pensamiento. Y ahí recordé que la última vez que había atravesado esos salones sí había sido en la Feria Provincial del Libro de 2018, una escena que ahí parado me hizo parecer de otra vida.

Palabras de gratitud y agradecimiento, les decía al principio. Gracias, me dijo el enfermero luego de ponerme la vacuna. Gracias a vos, me salió responderle pero no me escuchó por mi barbijo doble. Gracias, gracias, gracias. Saludaría a cada hombre y cada mujer atrás de esos barbijos, gorros y escafandras. Es notable observar en ellos esa entrega al trabajo y a la atención de todos nosotros. Como bien dijeron tantos a quienes leí en sus posteos y escuché en sus comentarios: atentos, responsables, respetuosos, del primero al último.

Es agradable percibir en ellos la satisfacción de saberse en una tarea fundamental. Admirables.

En el tramo final, cuando pasamos de la sala de vacunación a la siguiente instancia en la que debíamos aguardar quince minutos en el salón contiguo, el destino –o la casualidad– hizo que me tocara sentarme en una silla que estaba dispuesta casi en el lugar exacto donde, en 2018, compartimos los diez días de feria del libro en el stand de Sudestada. La memoria otra vez. Ahí fue cuando saqué el celular del bolsillo, tomé esta fotografía y estuve a punto de hacer yo también mi posteo de agradecimiento. Más que vanidad, que la hay en muchos casos, tiene que ver con la humana necesidad de contar lo que nos pasa cuando algo nos atraviesa.

Levanté la cabeza, miré alrededor en la Sala de las Columnas y vi que otros escribían ya en sus celulares. Sin embargo no había ruido: no se oían voces y mucho menos risas. Observé que muchos estaban calmos; calmos y tranquilos en estos tiempos de inmediatez y de ansiedades. Sin tener que agudizar mucho el oído percibí también el llanto calmo de una o dos personas.

Entonces me alegró sentir y pensar en lo bueno que de humanos tenemos. Muy a pesar de todo. Elementos, rasgos, virtudes que en verdad están siempre ahí y son las que nos sostienen. Esas emociones, esos pensamientos, acaso más vinculados a lo mejor de nosotros, estaban ahí en ese silencio y en esa calma respetuosa.

A manera de posdata de estas observaciones apunto lo que otras veces he pensado: qué cantidad impresionante de personas, en lugares muy distantes entre sí y con tareas y habilidades tan disímiles y específicas, son las que hacen cada día posible que esa vacuna llegue a nuestros brazos. Queda re bien decirlo pero posta que me viene esta idea en este instante. Es como escribe Borges en su poema Los justos: “Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

Gracias.

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