Nochecita de perros

Parecen las tres de la mañana pero son pasadas las diez de la noche del miércoles: en el barrio no anda nadie. Siempre me llama la atención cuando se arma ese coro de ladridos caninos. Agudizo el oído y los percibo varias cuadras a la redonda. Parecen ladridos de madrugada, pero les decía que recién son pasadas las diez de la noche; qué mensaje se pasan entre sí –qué alertan los perros– cuando ladran en cadena.

El pibe del kiosco me dice que hoy entró muy poca gente: en una de las heladeras está el aviso del horario nuevo, cerrado a la siesta y reabre de 19 a 23. Me dice que un amigo le contó que se viene el toque de queda, y que en esos casos salen los militares a patrullar las calles. Por su edad, nunca vivió una situación de ese tipo. «Yo salgo porque tengo que trabajar», dice, y cuenta que vio un video en Facebook donde desde un patrullero le dicen a la gente que se vaya a sus casas, en la zona de los 400 departamentos.

No sé si toque de queda, pero cuando salí de casa a comprar unas pocas cosas empezaba el clásico de TN, A dos voces, con una noticia de ‘último momento’: el presidente anunciaría la cuarentena obligatoria en toda la Argentina en las próximas horas, «el borrador ya está escrito», decía frente a cámara el bueno de Bonelli. Al ‘último momento’ lo venía escuchando hacía dos horas en los distintos canales.

Pero si de captar la atención se trata siempre es más espectacular Intratables en América. Fabián Doman, otro bueno, arrancó hablando de la importancia de la responsabilidad de los medios y de los periodistas para informar los pasos que vienen. Incluso se ufanó de que los periodistas «fuimos la vanguardia en Argentina, que empezamos a hablar del coronavirus cuando a nadie le importaba». Desde hace días Intratables comienza su emisión con un editado de noticias musicalizadas y con imágenes de llamas encendidas en la parte inferior de las pantallas. Responsabilidad, dice Doman.

A diferencia de hoy, que casi no salí, ayer tuve que hacerlo por asuntos que debía resolver. En todos los lugares a los que fui ya se tomaban medidas de prevención: en una de las dos farmacias hice cola afuera y me pusieron alcohol en gel al momento de ingresar. En el correo, la obra social y el consultorio médico también ya habían tomado sus recaudos. «Está bien, hay que tener paciencia pero está bien», decía un hombre mayor de corbata roja en la hilera de la obra social.

–¡Por favor que a mí en la caja me cobre otra persona! ¡La cajera está tosiendo y yo a ella no le voy a pagar!–. Aunque conceptualmente su pedido era razonable, el problema de esta persona estaba en la forma en que se dirigió a la mujer que atendía detrás del mostrador. Habló de muy mala manera.

A la señora la reconozco entre las personas que en Gallegos se dedican al cuidado de perros de la calle. No creo que sea para generalizar, pero he conocido varios casos de gente con este perfil que parecieran odiar a la humanidad, o a gran parte de ella.

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